lunes, mayo 29, 2006

LAS MUJERES DE ESCIPIÓN ( II ).- Emilia

La casa estalló en un clamor. Al llanto de la esposa, los familiares y los esclavos más antiguos, se sumaron las palabras de condolencia y las conversaciones de los muchos vecinos que deseaban presentar sus respetos a la viuda y pronto ocuparon el atrio y el pequeño jardín. La noble Emilia, aunque muy afectada, mantenía el control sobre sí misma y apretaba con cariño las manos que le tendían a modo de saludo. Algunas matronas la obligaron a sentarse en una silla y se colocaron cerca de ella, lloraban con ella y controlaban con gesto severo a quienes entraban o salían, un flujo que fue aumentando a medida que se difundía la noticia.

El fallecimiento de su marido Publio Cornelio Escipión se le antojaba a Emilia prematuro. Cierto que su vida de soldado había sido muy dura, que superaba largamente los cincuenta y no había estado bien de salud en las últimas semanas. Pero con todo, le pareció que la muerte se había presentado demasiado deprisa. Sintió de pronto un vacío en el pecho, una sensación que la llenó de miedo. Toda su vida había transcurrido a la sombra de él y le era difícil imaginarse cómo sería el futuro en su ausencia.

- ¡Madre! – dijo con voz ronca Cornelia al entrar. Emilia alzó los ojos y, al ver a su hija, se levantó para ir a su encuentro. Se unieron en un abrazo que parecía hacer más diminuta a Emilia, más frágil y endeble. Se aferró con fuerza al cuello de su hija y lloró sin consuelo.

- La buena de Emilia – murmuró una de las matronas tocando con el codo a la que tenía a su lado, mientras madre e hija continuaban abrazadas –. ¿No te parece que se excede un poco?

- ¿Qué pretendes decir? – le contestó la otra.

- Bueno, todo el mundo sabe que Escipión tenía una concubina... No creo que un marido así se merezca tantas lágrimas.

- No conoces a Emilia. Lo estimaba mucho.

- Bueno, bueno, no sería tanto. Y en cualquier caso, ¡razón de más para llorarlo un poco menos! Supongo que se deshará cuanto antes de esa mujer. ¡Sé muy bien lo que yo le haría si se hubiera encamado con mi marido! Un castigo ejemplar, eso es lo que se merece. Que vayan aprendiendo otras...

Emilia volvió a sentarse entre las matronas, con su hija a su lado. Se sentía más confortada al tenerla a ella allí. Era como estar junto a su marido. Cornelia había heredado los rasgos de su padre, la misma nobleza en el mentón y la mirada, el carácter decidido y enérgico e idéntica tranquilidad. Sí, Publio Cornelio había sido bondadoso y tranquilo. Quién lo diría de un hombre que a los veinticuatro años ya dirigía el ejército de Hispania contra Aníbal. Pero así era. Emilia sentía por él mucho afecto, una mezcla de admiración y cariño fraguados a lo largo de un matrimonio sin querellas.

Le había dolido que él tomara una concubina, eso era cierto. No era algo extraño a las costumbres romanas, pero parecía contener un reproche hacia la esposa legítima, como si a ella le faltara algo o fuera incapaz de satisfacer a su marido. Se sintió entonces muy humillada, y más todavía al saber que quien ocuparía su lugar en el lecho era su propia doncella, Antistia. Una niña cuando él la compró y la trajo a casa para que la sirviera.

- ¿Era esto preciso? – le preguntó llorando, cuando Escipión le comunicó que Antistia iba a ser su concubina. – ¿No te basta acostarte con ella discretamente? A veces creo, Publio Cornelio, que mi padre se equivocó al casarme contigo.

Pese a los reproches y las lágrimas de Emilia, Escipión mantuvo su decisión. Trató de hacerle comprender que el amor y el respeto que sentía por ella eran compatibles con el afecto que sentía por Antistia, cuya juventud le alegraba el espíritu.

Fue un trago muy amargo de beber. Mucho. Sin embargo, Emilia fue capaz de digerirlo y retomar con él una relación amable y afectuosa. Pese a sus defectos, Publio Cornelio sabía hacerse querer.

Todos esos recuerdos, surgidos al mirar a su hija, habían pasado por la mente de Emilia como un relámpago. Pensó de pronto en cuántas vueltas da la vida, cuántos reveses y zigzagueos. De la noche a la mañana todo había cambiado: la muerte devolvía a cada cual a su sitio. Cuando dentro de siete días hubieran concluido las ceremonias por el funeral de su marido, decidiría qué hacer con Antistia.
* Soldado romano. Museo de las Murallas. Porta di San Sebastiano
** Matrona romana. Museo de las Termas de Diocleciano

jueves, mayo 25, 2006

LAS MUJERES DE ESCIPIÓN ( I ).- Antistia

En el mismo momento en que Publio Cornelio Escipión el Africano Mayor, el ilustre vencedor de Aníbal, dejó de respirar para siempre, una mujer contuvo la respiración. Esperaba el desenlace de pie, junto a la puerta del cuarto donde yacía el moribundo. Y supo que había muerto al oír el grito desgarrador de la noble Emilia, la esposa de el Africano. Quedó en suspenso un momento y luego, antes de que empezaran a llegar corriendo los demás esclavos, se retiró discretamente hacia la cocina.

- ¿Ya? – le preguntó la esclava que se encargaba del ajuar de mesa al verla entrar con el rostro alterado. Antistia afirmó con la cabeza y, aunque estaba preparada desde hacía tiempo, no pudo evitar el llanto. Se sentó en un escabel al lado del fogón y se tapó la cara con las manos.

- Vamos, Antistia, debes tranquilizarte – le decía su compañera.

- Lo sé, lo sé – respondía aquella entre sollozos – pero no puedo. Lo he perdido todo. ¿Lo entiendes? ¡Todo!

Los diez años transcurridos desde que Escipión la había comprado en un mercado de esclavos de Campania habían pasado como un soplo. Buscaba una esclava joven que sirviera de doncella a su esposa y, por alguna razón, se fijó en ella. Nunca agradecería bastante a los dioses que hubiera sido él, y no otro, su comprador. Antistia fue bien acogida en la casa y aprendió pronto a adaptarse a los gustos de la domina Emilia, que no era muy exigente.

Escipión la llamó un día a su lecho y Antistia, como cualquier otra esclava de la familia, estaba obligada a complacerlo. Fue considerado con ella al darse cuenta de que aún era virgen. La consoló cuando el dolor le provocó lágrimas y la despidió después dándole una palmadita en la mejilla. No dio autorización a ningún esclavo para que yaciera con ella y la llamó más veces. Era ya un hombre mayor y no tenía la fogosidad de los jóvenes, pero sabía ser apasionado y tierno. Poco a poco Escipión comenzó a amarla.

Antistia se sentía cada vez más feliz con Escipión y más incómoda delante de su ama. Nada de lo que ocurría en una casa era secreto para sus habitantes y no tardaba mucho en conocerse en el resto de la ciudad. Así que el día que Escipión comunicó a su mujer que había decidido hacer de Antistia su concubina, la noticia voló por los mercados y las termas públicas y fue la comidilla de las matronas durante varias semanas. Escipión dispuso que se le asignara un cuarto en la parte noble de la casa, se la dispensara de servir a Emilia, claro está, y se le asignara dinero, ropas y personal para su servicio. Para Antistia esta decisión fue buena y mala.

Nunca logró superar la vergüenza y cortedad delante de la domina Emilia. Gozó, en cambio, de la consideración de Escipión, quien no dudó en colmarla de obsequios y dinero. Eran muy ricos. Pero la muerte de él la dejaba por completo desasistida y esto era algo que sabía todo el mundo.

- ¡Se te acabó la buena vida! – le espetó a Antistia la esclava que la había sustituido en el servicio del ama. Había entrado en la cocina a buscar agua para llevarle de beber a la domina Emilia y no había podido reprimir su desdén. No le gustaba la concubina. Odiaba sus comodidades y sus privilegios y estaba deseando verla caer.

- ¡Métete en tus asuntos! – le respondió la esclava del ajuar de mesa. Ella sí estimaba a Antistia y compartía su pesadumbre. Ambas tenían una preocupación fundada, porque ahora que Escipión no podía proteger a su concubina, no era difícil adivinar lo que iba a pasar.
* Figura femenina
** Vista del foro romano desde donde tuvo su casa Escipión ( siglos III - II a.C.)

lunes, mayo 22, 2006

LAIA



- ¡Eh, ciudadano!

Marco Ficinio se abría paso entre la multitud, cuidando de no tropezar con nadie y evitar, en lo posible, que aquella chusma le manchara la toga. Se dirigía al Teatro de Pompeyo, como miles de romanos más, dispuesto a divertirse con una comedia de Aristófanes. El teatro griego estaba de moda. Sonreía para sí mismo porque el gran Pompeyo acababa de adjudicarle un importante contrato de suministro de caballos para el ejército y, tal como estaban los asuntos políticos en Roma, seguro que se iban a necesitar a miles. Ardía en deseos de contárselo a sus amigos. Después del teatro celebrarían un banquete en su casa y tendría ocasión de explayarse relatando los detalles de la operación. Un triunfo rotundo del que se enorgullecía.

- ¡Eh, a ti te digo! ¡Ven, hermoso!

En una de las columnas del pórtico que precedía al teatro se apoyaba la muchacha que lo estaba llamando. Una más de las muchas prostitutas que acudían como moscas a la entrada de los espectáculos en busca de clientela. Marco no le prestó atención. Se detuvo allí mismo a esperar a sus amigos, entre un flujo de espectadores que no cesaba de aumentar.

- Mira lo que tengo para ti – dijo ella poniéndose delante de él y pasándose las manos por los pechos descubiertos – Sólo por seis ases...

Hizo un gesto para apartarla y le miró a la cara un instante. Se quedó helado con el brazo a mitad de camino. Por debajo de los afeites que coloreaban de rosa sus mejillas y sus labios y la espesa capa azul con que agrandaba los ojos, vio el rostro de su esposa. Marco retrocedió unos pasos sin dejar de mirarla. Sintió que le faltaba el aire. Dio media vuelta y echó a andar contracorriente de la marea humana, abriéndose paso a codazos, sin escuchar las protestas que levantaba ni detenerse cuando uno de sus amigos, que venía a su encuentro, trató de sujetarlo.

- ¡A Laia le huyen los hombres! – empezó a gritar una de sus colegas de oficio.

- Déjame en paz – se revolvió Laia –. Trabajo diez veces más que tú. Ese era un raro asqueroso ¿no lo has visto? ¡Eh, Apolo, ven que te deshaga esos rizos...! – espetó a un muchacho que aún vestía la toga infantil. Su amo no empleaba el látigo con ella para evitar estropearle la piel, así que el castigo cuando no conseguía bastante dinero era no darle comida. No podía perder tiempo esta tarde, porque estaba hambrienta, cansada y sin ganas de escuchar los reproches de siempre:

- ¡Por Júpiter que tu padre tuvo acierto al deshacerse de ti! ¿Quién me mandaría recogerte del basurero al que te tiraron sus esclavos? Y mira cómo me lo pagas. Estarías bien muerta si yo no hubiera pasado por allí y me hubiera molestado en criarte y en enseñarte a ganar dinero sólo por mover el culo. ¡Y ni eso sabes hacer! Eres una mala zorra, Laia. Pero mira, el día que pierda la paciencia, ¡te vas a acordar de mí!

Hace mucho tiempo que a Laia esas palabras no le hacen daño, pero le cansan. Sólo desea comer esta noche y dormir. Dormir...
Marco Ficinio no dormirá esta noche. No le dirá a su esposa que esta tarde ha encontrado a aquella hija nacida hace quince años a la que él se negó a reconocer, aquella por cuyo abandono tanto lloró ella. Si supiera que está viva y a qué se dedica, lo odiaría aún más.
* y *** Estatua de ciudadano romano y cabeza de joven del siglo I a.C.
Museo de las Termas de Diocleciano
** Maqueta de Roma. En el centro, Teatro y Pórtico de Pompeyo. Museo de la Civiltà romana

viernes, mayo 19, 2006

MARCIA



No ha dormido en toda la noche. Ha contado, una por una, las carretas que han pasado traqueteando por su calle, ha oído los gritos de los carreteros y sus maldiciones. Desde que Julio César prohibió que los carros circularan de día para evitar accidentes en las vías atestadas de público, las noches romanas son estrepitosas. Marcia está acostumbrada y no son precisamente los ruidos lo que le ha impedido dormir.
Ayer salió por primera vez de casa después del parto. Fue al Foro Boario con su esclava gala y compró dos palomas blancas. Luego se dirigieron al templo de la Bona Dea a sacrificarle una de ellas y la otra la ofrecieron en el altar de Diana. Marcia necesita tener de su parte a todas las diosas. Hoy se cumplen ocho días desde que dio a luz a su hija. Una jornada crucial. No es un secreto para nadie que a su marido le ha decepcionado que alumbrara una hembra. Torció el gesto cuando se lo anunciaron y sólo ha pasado un par de veces por su cuarto para interesarse por su salud. No ha preguntado por la recién nacida.
Se ha levantado antes del alba y ha amamantado a la niña. Ha ordenado a las esclavas que la vistan con la ropa que le tenía preparada. Marcia no ha podido ingerir ni siquiera una taza de caldo caliente. El miedo le ha revuelto el estómago. No quiere pensar. Sin embargo, su cuerpo piensa por ella, siente por ella. Si su marido no reconoce y acepta a la niña como hija, al anochecer los esclavos la abandonarán en un muladar junto a la isla Tiberina. Su marido no es un mal hombre, pero es adusto y poco hablador. Nunca puede saberse qué piensa.
Va a ser una ceremonia simple. Vendrán su madre y su hermana pequeña, aún soltera. No se siente con fuerzas para enfrentarse ella sola a la decisión de su marido. Cuando le anuncian la llegada de sus parientes, sale al atrio a recibirlas. Su madre le aprieta los brazos, la mira con intensidad y trata de infundirle confianza. Marcia sonríe, pero los nervios la delatan: tiene la boca tensa, los ojos asustados, le tiemblan las piernas. Se presenta su marido y las saluda con una leve inclinación de cabeza. Va a celebrar en el altar del atrio el sacrificio diario a los dioses Penates, los protectores de su familia, en presencia de todos los habitantes de la casa, libres y esclavos. Cuando termina el breve rito, el aire se carga de tensión. Ha llegado el momento.
Las esclavas traen a la niña y la entregan a su madre. Ella la aprieta contra su pecho un instante, le da un beso en la frente y la deja en el suelo, a los pies de su marido. Él se sorprende y pregunta: “¿Han pasado ya ocho días?” Marcia contesta que sí y espera. Su marido se queda mirando ese bulto que apenas ocupa una losa del pavimento. La niña rompe a llorar. Su llanto hiere los oídos y encoge los corazones, pero nadie se mueve. Tras unos instantes que resultan eternos, su padre se agacha y la levanta del suelo. Como si quemase, sin arrimársela al cuerpo, se la entrega a su mujer. Da media vuelta y se va.
A nadie le importa que él se marche. Su gesto ha sido suficiente: levantarla del suelo es el rito del reconocimiento. Marcia llora, su madre y su hermana la abrazan. Las esclavas se ríen, la felicitan y se alegran de tener en casa a una niña que criar. Una romana más.
* y ** figuras femeninas del antiquarium del Palatino
*** Detalle de la escultura de Augusto. Vaticano

martes, mayo 16, 2006

GALATEA ( y V ).- El tiempo detenido.

Margherita Luti, la hija del panadero, contempla el fresco ya terminado. Rafael le ha contado la historia de Galatea y ella se ha manifestado de acuerdo con la elección que ha hecho él. El mar está repleto de extrañas criaturas. Centauros y caballos marinos anuncian la presencia de la ninfa haciendo sonar las caracolas y dos tritones uncidos a una concha se dejan conducir por ella. Hay ruido y agitación en el agua. Sin embargo, Galatea, con los cabellos agitados por el viento, se mantiene ajena al mundo y a cuanto sucede a su alrededor. Galatea es agua, viento, cielo azul. No es de nadie. Y porque no es de nadie, puede ser de quien la mire. Pero resulta, al mismo tiempo, inasible, intocable. Su esencia divina veda la entrada a los mortales, que sólo la pueden admirar. Es mucho mejor recordarla así, en toda su plenitud y belleza, que evocarla en el trágico instante en que pierde a su amante.
Para la fornarina, la última pincelada que ha dado sobre el fresco el maestro Rafael significa el fin de una etapa dorada. El éxito que le reportará a su amante esta obra, no la consuela. Adiós a las tardes de alegres retozos junto al Tíber, a las cenas con bujías al amparo de la rosaleda, a los amaneceres entre divinidades. Se acabó la estancia en la villa y, con ella, la ficción de vivir en el Olimpo o en el Paraíso, donde no existen las preocupaciones. En cierto modo, le apena también dejar de ver a la ninfa. Se ha acostumbrado a ella y los celos que en algún momento ha sentido por su belleza se han desvanecido. Ninguna mujer mortal puede competir con una diosa.
Eso mismo opina Rafael. Por ese motivo, el retrato de Margherita es tan diferente de Galatea. Lleva el cabello recogido y oculto bajo un turbante. Sus ojos oscuros sonríen directamente, hablan. Su piel es suave y cálida como el terciopelo e invita a ser acariciada. La manera en que mira al pintor crea la ilusión de que es a tí a quien ama, que te espera con tranquila paciencia. Alrededor del brazo izquierdo lleva una cinta con el nombre de él: “Raphael Urbinus”, pero no es sólo de él. Es mortal y está al alcance de los mortales: ríe, llora, siente, ama. Margherita está viva y en el mundo. Es el mundo.
A ella se entrega el maestro Rafael como no hubiera podido entregarse a una ninfa. Para ella son sus besos, su pasión, su arte, su espíritu, todo él. Y al igual que le ocurrió a Atis, la muerte vendrá a buscarlo sin aviso, cuando más descuidado esté, entregado a los goces del amor en brazos de Margherita. Faltan para ello poco más de dos años. Poco tiempo. Y si es cierto que los mitos representan lo que ocurre en el mundo, quizá el maestro Rafael intuyó lo que iba a pasarle o quiso conjurar el peligro suspendiendo el avance del tiempo en torno a Galatea, deteniéndolo antes de que la muerte viniera a arrebatarle la felicidad. Lo mismo podría decirse del retrato de su amada.
Hoy podemos contemplar a la ninfa y a Margherita en todo su esplendor, sin rastro del sufrimiento que padecerán en el trágico instante en el que cada una de ellas perderá a su amante. Así es como él quiso retratarlas, como él las vio.
* Fesco "El triunfo de Galatea" de Rafael. Villa Farnesina
* Retrato de Margherita Luti de Rafael. Palacio Barberini

viernes, mayo 12, 2006

GALATEA ( IV ).- Polifemo, Galatea, Acis

Cuando caen las sombras sobre el jardín de la villa de Agostino Chigi y la oscuridad diluye todos los límites; cuando la noche toma posesión de su reino sin distinguir dentro y fuera, antes y después, realidad y quimera, se escucha el rugido de aflicción de Polifemo. Un grito bronco, profundo y largo, tan dolorido como amenazante. El gigante se ha transformado en una fiera que brama y lanza zarpazos al aire. Incapaz de contener su furor, golpea los peñascos con los puños cerrados, arranca árboles y los arroja por los precipicios. Las alimañas se esconden en lo más recóndito de sus guaridas. La tierra se estremece.
Ajena a la violencia que se avecina, la ninfa Galatea emerge del mar. Se regocija unos instantes en la espuma con que las olas la obsequian y ordena a sus tritones que la conduzcan hasta la orilla donde la espera Acis. Hace unos días que las flechas de Eros la han alcanzado en pleno corazón y lo ha perdido. Ahora es de Acis, un hombre hermoso y deslumbrante como el nácar de las conchas marinas. Sus ojos de color miel la atraen como a una abeja, sus brazos prometen vigor y dulzura y la ninfa arde en deseos de probar su boca. Él sale a su encuentro y la toma de la mano. Se miran y miran a su alrededor. La playa está solitaria bajo el sol del mediodía y, a corta distancia, unas rocas se agrupan en forma de media luna y ofrecen sombra a un lecho arenoso. Ese va a ser su tálamo nupcial.
El único ojo de Polifemo gira y gira enloquecido. Saltando de peña en peña, el gigante recorre la costa en busca de los amantes. Calas, rocas, bahías, cuevas, nada escapa a su escrutinio. Su furor es creciente. Él mismo lo alimenta con ideas feroces cuando siente que el cansancio lo aplaca. Por fin, cerca del atardecer, los descubre. En su delirio piensa que Acis le está robando los besos que eran para él, las caricias que le pertenecían. Galatea es suya y solo suya, nadie se la arrebatará. Coge entonces una de las rocas que les daba cobijo y la levanta por encima de su cabeza antes de proferir un espantoso grito. Galatea y Acis se ponen en pie de un salto. Apenas tienen tiempo de reaccionar al peligro. Corren hacia el agua, pero ya Polifemo ha lanzado la roca contra Acis y éste sucumbe aplastado por ella.
De noche, en la logia de la villa Farnesina en la que están pintados, aúlla como las fieras acorraladas Polifemo. Galatea finge no oírlo. No siente compasión por él y ésta es la única manera que tiene de castigarlo. Cuando el gigante mató a Acis, ella, deshecha en llanto, le preguntó a gritos por qué. Y cuando le contestó que estaba enamorado de ella, la ninfa se abrazó al cadáver de su amante y respondió a su asesino: tu nunca me has amado.

* Jardín de la Villa Farnesina.

** Detalle del fresco "El triunfo de Galatea" en la Villa Farnesina


martes, mayo 09, 2006

GALATEA ( III ).- Margherita envidia la belleza de la ninfa.


El maestro Rafael conoce bien el amor, sus placeres y sus contratiempos, por más que él mismo haya padecido pocos. Adora a Margherita y ella le ama también. Nada más puede pedirse. Eros lo ha favorecido siempre, pero el maestro sabe que el amor tiene a veces un sabor amargo. También para los dioses. Como testimonio de esa verdad, en la pared de enfrente está pintado, semisalvaje y huraño, el gigante Polifemo, mientras él, por su parte, se dispone a pintar a la ninfa Galatea, la fascinante criatura de la que aquel está enamorado. Un drama terrible. Aunque Rafael no es más que un simple mortal, siente piedad por los dioses. No está en sus manos cambiar la fábula, pero sus pinceles pueden detenerla, congelar la acción en el instante preciso que él elija. Y ha decidido plasmar a Galatea en todo su esplendor, antes de que se le derrumbe el mundo.
Margherita ya puede ver el rostro de la mujer contra la que van a dispararse las flechas. Son tres los amorcillos que vuelan sobre ella y afinan la puntería. Aunque alza la cabeza y la vuelve ligeramente hacia atrás, Galatea no advierte el peligro. Es como si hubiera escuchando algo y tratara de descifrarlo. ¿Acaso ha sentido un batir de alas, o el leve siseo de las flechas al rozar contra el arco? Sea lo que fuere lo que ha llamado su atención, no le ha causado miedo. Su rostro es sereno. Y tan bello, que por un momento la fornarina siente celos de su hermosura y le disgusta que su amante la haya imaginado tan diferente de ella.
- Galatea no es rival para ti – le dice riéndose Rafael, cuando baja del andamio y advierte que está malhumorada. La besa en el cuello, le mordisquea la oreja y la abraza con fuerza hasta que Margherita se rinde a sus caricias y vuelve a sonreír.
Rafael no miente. Cuando trabaja puede imaginar ninfas, diosas, madonnas y santas, seres perfectos, exquisitos, porque ama la belleza y desea que otros la amen también. Pero su carne y su piel exigen el contacto con otra piel humana, unos ojos que no miren al cielo, sino a él. Quiere sentir calor, una voz, un cuerpo estremecido. Pintar y vivir, aun estando entremezcladas, son cosas diferentes. La pintura es un espejismo. O un espejo.
El maestro ha escogido para Galatea un momento glorioso. Sin embargo, no podrá impedir la desdicha de la ninfa, ni la de Margherita.

* Autorretrato de Rafael en el fresco "La escuela de Atenas". Vaticano

*Detalle del fresco "El triunfo de Galatea". Villa Farnesina

domingo, mayo 07, 2006

GALATEA ( II ).- Amorcillo en el aire



El verano del año del Señor de 1517 quedaría grabado para siempre en la memoria de Margherita. Desesperado porque las semanas pasaban sin que Rafael adelantara con las pinturas que debían decorar su villa, Agostino Chigi había tomado una drástica medida. Puesto que el pintor no se concentraba en su tarea y continuamente la abandonaba para ir a ver a Margherita, ordenó que la joven se instalase en la mansión y permaneciera cerca del maestro. Así se había iniciado aquel placentero estío, el más feliz de su vida. Caminar por aquellos salones como si fueran suyos; sentarse a la orilla del Tíber y ver las barcas cargadas de mercancías deslizarse por el río sin tener ella misma nada que hacer; oír al mediodía la voz urgente de su amante que la llamaba desde la refrescante sombra de un pino; responder a sus risas y sus besos y discutir sobre quién amaba más a quién, mientras se quitaban mutuamente la ropa.
Muchas veces ella se sentaba en la logia a observarlo. Acostumbrada a ser su modelo, siempre lo había visto trabajar de frente y era curioso contemplarlo ahora de espaldas, su cuerpo menudo moviéndose febrilmente sobre el andamio y dando órdenes a sus ayudantes aquí y allá. Margherita fue testigo del nacimiento de la Galatea. Lo primero que vio fue un cielo azul surcado por nubes tan livianas que parecían moverse y otra, más blanca y espesa, tras la que se ocultaba un amorcillo con un haz de flechas. ¿Para qué serán? Su padre le ha enseñado el truco para ligar la masa y sacar un pan crujiente y perfecto, pero la fornarina no está muy versada en asuntos mitológicos. ¿Y quién lo está? Los eruditos y literatos, los artistas – desde luego – y los grandes señores que les hacen encargos. Ellos comprenden lo que quieren decir esas fábulas antiguas y, a través de ellas, se transmiten mensajes cifrados. Dicen que son hermosas, que lo que ocurre en ellas sirve para explicar lo que pasa en el mundo. Puede ser. A Margherita no le importa demasiado. Pero siente curiosidad al ver en pleno vuelo a otro amorcillo, mucho más peligroso que el que se oculta entre las nubes: está claro que las flechas son para surtirle a él. De hecho, va armado con un arco y lo tensa tanto, que la aguda saeta está a punto de salir disparada. Estremece pensar en qué cuerpo, en qué corazón irá a clavarse ese dardo.
* Retrato de "La Fornarina", de Rafael. Galería Nazionale d'Arte Antica. Palacio Barberini
** Detalle del fresco "El triunfo de Galatea", de Rafael. Villa Farnesina

viernes, mayo 05, 2006

GALATEA ( I ).- Un lugar para la Galatea


Es casi mediodía. El agua del Tíber baja brillante y espesa, rumorosa bajo un cielo sin nubes. Una mujer de paso apresurado atraviesa la Porta Setimiana y se adentra en la vía della Lungara. La adelantan algunas carretas que traquetean bajo el peso de la madera, las piedras, la arena y otros materiales de construcción con destino a las obras del Vaticano. La mujer llega a una larga tapia de ladrillo, se detiene ante una puerta, la golpea con el puño cerrado y espera a que le abran.
- Buenos días, señora Lutti – la saluda el portero. Y le indica que el maestro la espera en la logia del jardín.
La luz radiante inunda los altos arcos a través de los cuales la mansión se asoma al jardín o quizá es el jardín el que, con sus aromas y sus sombras frescas, penetra en el edificio y lo hace suyo. El olor de las rosas y de los cipreses se entremezcla en la logia con otro indefinible: huele a nuevo, a obra reciente en la que no se han acabado de secar los materiales. El suelo es un revoltijo de herramientas y útiles de pintor. Sobre una mesa de caballete se amontonan los dibujos, cartones, tarros con pigmentos en polvo, morteros y pocillos para mezclar los colores. Varios muchachos los preparan y, sentado en lo alto de un andamio de madera, sin hacer nada, está el maestro Rafael. Baja a toda prisa, con una exclamación de alegría, cuando ve llegar a Margherita. Se le acerca corriendo, le toma las dos manos y se las besa.
Los aprendices intercambian miradas de entendimiento y risitas bobas. Uno de ellos imita el gesto del maestro y los demás se tapan la boca para sofocar las carcajadas. Desde esta mañana el pintor está ocioso y no hace otra cosa que enviar a uno u otro a asomarse a la calle para ver si viene la señora Lutti, popularmente conocida como la hija del panadero, la fornarina. ¡Pues aquí está! Habrá que ver si ahora el maestro retoma la faena. Hace una semana que decidió modificar el plan inicial de las pinturas de esta estancia. Va a pintar a la ninfa Galatea en un hermoso paño de pared. Con esta decisión Rafael rompe la secuencia decorativa de la logia. ¿Y qué más da? Es el maestro por excelencia y al dueño de la casa, el acaudalado banquero Agostino Chigi, le parece una buena decisión. Sí, es un lugar perfecto para la Galatea.
* Puerta Setimiana y via della Lungara

miércoles, mayo 03, 2006

PAULINA









Cuando muera quiero que pongan en mi tumba:

“Aquí yace Paulina, hija de Venus predilecta.
Supo de cortes y de imperios más que ninguna otra.
Pero sus labios guardan para siempre silencio:
no temáis, hombres de Roma.”







*Fotografía. Figura femenina. Anticuario del Palatino

lunes, mayo 01, 2006

CIBELES Y ROMA ( y IV).- El cinturón de Claudia

En el puerto de Ostia ha crecido la expectación. La actividad comercial está paralizada. Numerosos mercaderes, estibadores, funcionarios del puerto y del tesoro, figoneros y guardias han acudido masivamente y se han unido a las matronas, músicos y sacerdotes que desde el día anterior contemplaban, con el corazón encogido, las desesperantes e inútiles maniobras para liberar de un banco de arena la nave que transportaba a Roma la imagen de la diosa Cibeles. Hay pesimismo en el aire.
El rumor de que la vestal Claudia Quinta podía haber faltado a su castidad había llegado al puerto mucho antes que ellas. Así que muchos la observan con hostilidad. Incluso se oyen algunos gritos. Las vestales son sagradas, pero si por culpa de alguna de ellas no se puede derrotar al feroz Aníbal, si el suelo itálico ha de seguir sufriendo una sangría por su causa, ninguno dudaría en abominar de la culpable ni en exigir su castigo. Claudia no cuenta con un público a favor. Sin embargo, la joven vestal está por completo abstraída, concentrada en algún pensamiento que nadie puede adivinar, ni siquiera las demás vestales que la acompañan y están unos pasos detrás de ella.
Llega a la orilla una de las chalupas, tal como había pedido. Y entonces, lentamente, Claudia se desciñe el cinturón y pide al patrón de la barquita que coja un extremo y lo ate a una de las cuerdas con las que estaban intentando, sin éxito, remolcar el barco de Cibeles. El hombre obedece y sobre el puerto se extiende un intenso silencio. Sólo se oye el chapoteo del agua, el ruido de los remos que se alejan de la orilla. Claudia mantiene en su mano derecha el otro extremo del largo cinturón y observa cómo lo anudan a una gruesa maroma. Es un nudo que parece ridículo, tan fino es el cinturón. Y cuando ya el patrón ha verificado la fortaleza del nudo y aleja la barca, Claudia cierra los ojos unos instantes.
Oh Madre Cibeles – dice Claudia en voz baja – tu que conoces mi corazón y la rectitud de mi vida, ¡ayúdame! Oh madre Vesta, a quien fui consagrada hace doce años, auxilia a tu humilde servidora. Oh diosas todas, no permitáis que Roma perezca, ni que sufra yo un castigo injusto.
Pasó entonces el cinturón por encima de su hombro y, sujetándolo con ambas manos, comenzó a andar con la cabeza gacha por la orilla, río arriba. El cinturón y la maroma al que estaba atado se fueron tensando: en un extremo la vestal, que caminaba sin volver la vista atrás, y en el otro el barco encallado con la imagen de la madre Cibeles. Claudia ni siquiera sintió el momento en que la nave comenzó a moverse, lentamente, al compás de su paso. En el puerto el gentío contenía la respiración. Cuando se vio que la nave, tras algunas leves sacudidas, quedaba por completo libre, que se enderezaba y recuperaba la línea de flotación, que surcaba las aguas del Tíber rumbo a Roma con la seguridad y elegancia de una nave real, la multitud estalló en gritos. No se inmutó Claudia: siguió caminando y caminando, sin más esfuerzo que tirar suavemente de su cinturón. Sin embargo, por su rostro corrían las lágrimas. Con este acto insólito, sobrenatural, su inocencia quedaba demostrada a los ojos de los seres humanos. Ella nunca había traicionado su juramento de castidad.
Hasta el puerto de Roma remolcó Claudia la nave. Allí esperaba a la imagen la re
cepción oficial encabezada por Cornelio Escipión Nasica, elegido para ello por ser considerado el hombre más virtuoso de Roma. Y con él, el príncipe del Senado, los senadores, los Tribunos de la Plebe, los pretores, los distintos colegios sacerdotales, el Pontífice Máximo y el pueblo entero, admirado y esperanzado. Las matronas romanas se hicieron cargo de la imagen – apenas una piedra informe – y la pasearon por las calles de Roma. Claudia Quinta las acompañó. Cibeles, la madre Cibeles que será la salvación de Roma, ha sido, también, su salvación.

* Imagen de una diosa romana. Anticuario del Palatino
** Lugar del Palatino donde se hallaba el templo de la Victoria, en el que permaneció la diosa Cibeles desde su llegada en 204 a.C. hasta el 191 a.C. en que se trasladó a un templo propio.